¿Has visitado algún lugar que te haya erizado la piel? Es la primera vez que pones los pies en ese sitio. Sin embargo, algo resuena en lo más profundo de tu alma.
No se trata de recuerdos. No hay nada familiar. Aun así, es como si el lugar gritase con una voz muda que tú logras escuchar.
Hace unas semanas visité el Memorial Británico de Normandía, en Ver-sur-Mer, Francia. Es un monumento o, mejor dicho, un santuario. Fue creado en honor a las fuerzas británicas caídas durante el desembarco de la Segunda Guerra Mundial.
Columnas enteras están llenas de nombres: 22.442 soldados que cayeron en nombre de la libertad.
Mi visita al Memorial Británico de Normandía
Era un día canicular. Sin embargo, tuve la sensación de que el sol se ocultaba y el cielo se nublaba.
Había un ambiente con aroma a tristeza y nostalgia. Para mí, era imposible ignorarlo.
Recuerdo que llevábamos a nuestro Beagle. Normalmente es bastante activo y juguetón. Sin embargo, en cuanto nos acercamos a la zona del monumento, bajó la cola en señal de miedo. Además, comenzó a mostrar signos de nerviosismo.
Mi esposo se sorprendió ante la reacción del perro. Yo solo le comenté que los animales pueden ver a las almas y que ese sitio estaba lleno de ellas.
Los jardines del Memorial Británico de Normandía
Quien ya ha visitado el Memorial Británico de Normandía conoce la zona de los jardines. Allí aparecen siluetas de soldados que parecen seguir de pie frente a un campo de batalla.
En el centro están las columnas blancas. En ellas aparecen miles de nombres, edades y cargos de los soldados británicos.
Caminé entre aquellos aparentes pasillos. Entonces, sentí como si una mano sutil sujetase mi hombro.
Me dejé guiar en silencio, como si aquella mano ahora tomase la mía.
En segundos me encontré en una banca de madera. Allí había una fotografía plastificada. Cualquiera podía tomarla y llevársela.
La imagen mostraba a un joven que debía tener unos veinte años.
No sé decirte quién era.
No llevaba nombre.
Sin embargo, debió de ser alguien muy importante para quien dejó aquella fotografía.
¿Quizás era un padre? ¿Un esposo? ¿Un hermano, un hijo o un amante?
Quizás fue todo.
Y, aun después de su partida, siguió siendo amado, esperado y anhelado.
Una foto sin nombre
Mientras mi mente parecía haber viajado a otro tiempo, tuve una sensación extraña. Sentí que mi cuerpo ya no me pertenecía.
Solo por un momento, me sentí otra persona.
Fue cuestión de minutos.
Sentí su presencia junto a mí. Mi cuerpo parecía el de una joven que esperaba con ansias el retorno del padre de su bebé.
Mi vientre se abultó como si estuviese de encargo. Además, la sensación de reunirme con el ser amado parecía tan real.
Aunque solo fue por un instante, aquel momento fue efímero y eterno.
La Tierra tiene memoria y nunca olvida
Tengo una vida entera viviendo entre esta dimensión y la de los muertos. Nací con ese sello. Por eso, este tipo de eventos no me sorprenden.
Sin embargo, aquel día no pude evitar pensar en lo sucedido en ese lugar.
Han pasado 82 años desde aquel 6 de junio de 1944. A pesar del tiempo, sentí que la tierra aún vibraba y olía a miedo, a guerra y a tristeza.
Entonces, una frase llegó a mi espíritu:
La Tierra tiene memoria y nunca olvida.
Lavanda, verbena y pachulí después del memorial
En cuanto llegué a mi cuarto, tomé una ducha. Después, cubrí mi cuerpo con un gel de lavanda, pachulí y verbena.
Pensé que quizás aquellos aromas podrían liberar los trozos de tristeza que traje conmigo.
Para mí, cada uno tenía un sentido.
La lavanda libera y limpia lo viejo. La verbena llama a los ángeles e infunde un toque de alegría. El pachulí abre caminos.
Por eso, con todo mi corazón, dediqué aquellos aromas a esas energías.
Fue un acto sagrado.
Mi intención era que pudieran simplemente trascender. También deseé que las familias de quienes fueron arrebatados por las guerras pudieran vivir en paz y con plenitud.
Las heridas que deja la guerra
Las guerras, ya sean justificadas o no, siempre dejan heridas que nunca podrán cicatrizar.
Podemos intentar cubrirlas. Sin embargo, las marcas permanecen.
Es como una pared que tiene hoyos. Por mucho que la cubramos con pintura, siempre terminará mostrando sus heridas.
No podemos cambiar el pasado.
Pero sí podemos rendir homenaje a esas almas para que encuentren paz.
Podemos dedicarles un minuto de amor y reconocimiento.
Eso fue lo que sentí después de visitar el Memorial Británico de Normandía. Entre miles de nombres, una fotografía sin nombre llegó hasta mí.
No sé quién era aquel joven.
No sé quién dejó su fotografía.
Pero durante unos minutos sentí su presencia y una historia que no era la mía.
Y una frase permanece conmigo desde entonces:
La Tierra tiene memoria y nunca olvida.

Laisser un commentaire