Siempre tienen una razón para sufrir.
Es como si las heridas les alimentasen. Las defienden de manera obsesiva. No con la tristeza del recuerdo ni con el miedo a la repetición. En sus voces suele percibirse algo más inquietante: una satisfacción apenas disimulada.
Todo su mundo se ha construido alrededor de una bandera cubierta de dolor, maltrato y resignación.
Son el tipo de parásitos con los que no vale la pena confrontarse. Necesitan las heridas emocionales. No como experiencia, sino como alimento. Les complace que el mundo entero les compadezca.
En mi práctica espiritual suelo referirme a estos perfiles como almas parasitarias. Tras décadas observando ciertos patrones energéticos, da la impresión de que una conciencia aferrada al sufrimiento hubiera encontrado en la experiencia humana un vehículo para expresarse.
Lo que he observado
He tenido numerosos encuentros con este tipo de perfiles.
No son fantasmas.
No se desplazan por los mundos invisibles.
Son personas reales, de carne y hueso.
Quizás en algún momento de su evolución surgieron de planos que apenas comenzamos a comprender. Como toda conciencia viva, han recibido la oportunidad de experimentar la condición humana para evolucionar, despertar y liberarse.
No es sencillo trabajar con ellos.
Ni desde la misión terapéutica ni a través de los lazos de la vida.
Por cada consejo que reciben encuentran una nueva razón para permanecer donde están. Cuanto más cerca parecen estar de una salida, con más fuerza se aferran a su propio caos.
¿Son malvados?
Lo más irónico es que no suelen serlo.
Son más bien como toxicómanos adictos al sufrimiento.
Necesitan sufrir y rodearse de sufrimiento.
La herida deja de ser una experiencia para convertirse en aquello que les define.
Los encontrarás entre los pseudoterapeutas que alimentan relaciones de dependencia con sus pacientes. En la madre o el padre que no desea ver felices a sus hijos porque perdería su lugar como salvador. En quienes necesitan que otros permanezcan rotos para seguir sintiéndose necesarios.
Crean dependencias porque ellos mismos viven atrapados en ellas.
La posibilidad de liberarse les produce un miedo insoportable.
El sufrimiento puede ser una etapa del camino.
El problema comienza cuando alguien decide convertirlo en su hogar.
El reto desde mi práctica como Aromaterapeuta y Maestra de Reiki
Como Aromaterapeuta y Maestra de Reiki, este perfil es uno de los más desafiantes que he encontrado en consulta.
Ningún cambio llega si la persona no toma consciencia.
Algunos logran salir de este laberinto. He observado que suele ocurrir cuando tocan fondo y las personas que sostenían esa dinámica dejan de participar en ella.
He acompañado procesos largos y complejos.
He visto retrocesos dolorosos.
También he sido testigo de transformaciones auténticas.
Y en ese camino, los aceites esenciales han sido aliados extraordinarios.
Los aceites esenciales en este contexto
Quiero ser clara respecto a algo importante.
Un aceite esencial no es un repelente de personas.
Un alma tóxica puede amar perfectamente los aromas de las esencias.
La diferencia no está en el frasco.
Está en lo que ocurre cuando la esencia toca la piel, se adapta al individuo y se mezcla con su propia frecuencia energética.
Es ahí donde suelen producirse las reacciones más reveladoras.
A lo largo de mi práctica he observado que ciertas esencias generan respuestas muy particulares en estos perfiles.
Las que más me han sorprendido son:
- Palo Rosa (Aniba rosaeodora)
- Jara (Cistus ladanifer)
- Incienso (Boswellia carterii)
- Mirra (Commiphora myrrha)
Estas frecuencias aportan calma en medio del caos.
Pero también parecen actuar sobre capas más profundas de nuestra estructura energética y emocional.
¿Cómo actúa cada esencia? Lo que he vivido en consulta
La Jara (Cistus ladanifer) me ha asistido en numerosas ocasiones.
He visto cómo ayuda a ciertos perfiles a comprender que el camino hacia la libertad pasa por el espejo sagrado del autorreconocimiento.
Es una esencia que no miente.
El Palo Rosa ha sido un gran apoyo para quienes se sienten drenados por estas energías.
Les ayuda a establecer límites más saludables y a redescubrir su propio valor.
El Incienso y la Mirra forman una combinación que considero extraordinaria.
Juntos ayudan a crear distancia frente a los pensamientos de victimismo, favorecen una visión más clara de la realidad y fortalecen la conexión con la propia esencia.
Una nota importante antes de continuar
El uso de aceites esenciales debe estar siempre supervisado por un Aromaterapeuta profesional.
Algunos de estos aceites presentan contraindicaciones importantes según el estado de salud, la historia clínica y la sensibilidad de cada persona.
Lo que resulta beneficioso para unos puede no ser adecuado para otros.
Consulta siempre con un profesional antes de aplicar cualquier protocolo aromático.
La verdadera transformación
Lo extraordinario de las esencias es que pueden convertirse en aliadas en ambos lados del proceso.
Tanto para quien sufre el impacto de un alma parasitaria como para el alma parasitaria que, quizás sin saberlo, está buscando una salida.
Pero la transformación profunda solo llega a través de la aceptación de uno mismo.
De la responsabilidad personal.
De la voluntad sincera de vivir en armonía con uno mismo y con los demás.
Y quizás esa sea la lección más difícil de comprender:
nadie puede obligar a otro a despertar.
Cada alma debe elegirlo por sí misma.
Nada es absoluto.
He visto mover espíritus que parecían inamovibles.
He visto almas parasitarias despertar.
Y cuando finalmente toman consciencia, descubren algo que quizá nunca habían conocido:
su propia independencia.
Su propia libertad.
Jerenise GG
Aromaterapeuta Profesional — Maestra de Reiki

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