Somos los creadores de nuestra realidad.

Los demonios que hemos engendrado

Serie : Lo que parasita tu vida —


Conozco ese peso.

Ese que no tiene nombre pero que ocupa sitio. Que se sienta en el pecho cuando amanece. Que arrastra los pies cuando nadie mira.

No llegó de fuera. Lo fuiste construyendo tú. Ladrillo a ladrillo. Silencio a silencio.


Cada vez que tragaste en seco. Cada vez que dijiste « no importa » cuando sí importaba. Cada vez que sonreíste con la boca llena de rabia.

Ahí estabas alimentándolo.

Sin saberlo. O sabiéndolo demasiado bien.


El cuerpo lo sabe antes que la mente.

El pecho que aprieta sin razón aparente. La fatiga que no cura ningún descanso. Esa sensación de llevar algo vivo dentro que se mueve cuando tú quieres estar quieto.

No es imaginación. Es la herida que nunca dejaste sanar. Convertida en inquilino. Convertida en dueño.


La criatura que tú mismo creaste

No te hablo de fantasmas ajenos. No te hablo de maldiciones ni de herencias oscuras.

Te hablo de ti.

De tu odio guardado en cajones que ya no abres. De tu miedo convertido en muralla que ya no recuerdas haber construido. De tu dolor — ese viejo dolor — al que nunca le diste la mano.

Lo dejaste crecer en la oscuridad. Y en la oscuridad, las cosas crecen torcidas.

Eso es lo que yo llamo una entidad parasitaria. No un alma errante. No una presencia exterior. Un ser hecho cien por cien de tus propias retenciones. Carne de tu carne emocional. Sangre de tu sangre no derramada.


No sabe vivir sin ti porque tú lo hiciste dependiente.

De tu rabia. De tu vergüenza. De tu dolor sin resolver.

Y cuando intentas ignorarlo se hace más grande. Y cuando intentas aplastarlo aprende a respirar más bajo.

Es paciente. Tiene todo el tiempo del mundo. Porque vive dentro del tuyo.


Cara a cara con lo que duele

Si un día te atreves a abrir el corazón de verdad se mostrará.

A veces colérico — nunca le enseñaste ternura. A veces suplicante — pidiéndote que sigas en ese sendero de dolor porque es lo único que conoce de ti.

¿Cómo tratarlo? ¿Cómo arrancarlo? ¿Cómo transformarlo?

No con fuerza. No con más silencio.

Mirándolo. Dejando caer la máscara del que no sufre. Del que puede con todo. Del que lleva años pudiendo con todo y está destrozado por dentro.

La batalla más valiente no es la que se gana gritando. Es la que empieza de rodillas. Con el pecho abierto. Con los brazos sin armas.


Las esencias que bajan hasta el fondo

Hay aromas que no perfuman. Que sanan.

Que bajan adonde la razón no llega. Adonde las palabras se quedan cortas. Adonde viven esas viejas aguas estancadas que llevan años sin moverse.

El Enebro (Juniperus communis) — purificador antiguo, disuelve las cargas que ya no son tuyas aunque las hayas hecho tuyas. Limpia lo que se quedó pegado al alma.

Las semillas de Zanahoria (Daucus carota) — huelen a tierra y a raíz. Te devuelven a ti mismo cuando ya no recuerdas quién eras antes del miedo.

El Ciste (Cistus ladaniferus) — profundo, oscuro, casi animal. Un aroma que habla directamente a la memoria de las heridas viejas. Como si supiera exactamente dónde buscar.

⚠️ El uso de estos aceites esenciales debe realizarse siempre bajo la supervisión de un aromaterapeuta profesional. Cada esencia tiene sus propias posologías y restricciones según el perfil de cada persona — embarazo, niños, patologías específicas o tratamientos en curso. Tu proceso merece una mirada personalizada.

Gracias a su resonancia pude caminar esos senderos viejos. Pude escuchar las voces oscuras sin juzgarlas. Sin volver a alimentarlas.

Pude mirar al demonio que engendré y decirle, por primera vez, « Ya no te necesito para saber quién soy. »


Esa es la misión del aromaterapeuta que conoce también los caminos del Reiki.


Próximo artículo de la serie: Vampiros energéticos — los que se conectan a tu luz sin pedirte permiso.


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