¿Por qué el miedo está tan presente en nuestra vida?
¿Quién no ha tenido miedo? Y, más aún, ¿quién puede afirmar sinceramente que no convive con él a diario?
Parece una palabra prohibida y, sin embargo, es el hilo invisible que ha influido en gran parte de nuestras decisiones desde la infancia. El miedo.
Aunque pueda sonar atrevido decirlo, creo que vivimos —y siempre hemos vivido— en una sociedad profundamente condicionada por él. Lo encontramos en el hogar, donde muchas veces heredamos limitaciones nacidas de los temores de nuestros padres. Lo encontramos en la escuela, donde los pensamientos que desafían los paradigmas suelen ser cuestionados antes que explorados. Y también en muchos espacios de culto, donde el castigo y la culpa han tenido más protagonismo que la inspiración.
Si miro hacia atrás, puedo contar con una sola mano las veces en que alguien me impulsó a crear, crecer o explorar simplemente porque forma parte de nuestra naturaleza. En cambio, perdí la cuenta de las ocasiones en que escuché un « no » motivado por el miedo.
Incluso hoy, el miedo sigue siendo una de las herramientas más utilizadas para controlar, cuando podría emplearse la inspiración para construir.
Crear en lugar de sobrevivir
Siempre he pensado que destruir es más fácil que crear.
Sin embargo, cuando creamos algo auténtico ocurre un fenómeno extraordinario. Un velo parece caer de nuestros ojos y comenzamos a encontrar motivos para permanecer, para avanzar y para vivir desde un lugar más profundo que la obligación o el miedo al fracaso.
Con el tiempo comprendí que deseaba mirar el mundo desde otra perspectiva. Una en la que el miedo no tuviera la última palabra. Una en la que pudiera ser yo misma sin ocupar el lugar de nadie y sin traicionarme en el proceso.
Pero el miedo seguía allí.
Y era normal.
Desde niña había cultivado una semilla que, en teoría, debía protegerme. Sin embargo, aquel supuesto mecanismo de protección había terminado convirtiéndose en una prisión silenciosa.
Mi lucha contra el miedo
Entonces luché.
Luché con todas mis fuerzas.
Me convertí en una especie de Arcángel de Fuego, empuñando una espada contra un océano infinito de viejas creencias, limitaciones y conceptos heredados.
Lo irónico fue descubrir que aquella batalla me estaba consumiendo. Cuanto más luchaba contra el miedo, más energía le entregaba.
Hasta que un día comprendí algo esencial.
Nuestra existencia es efímera. Tan breve y tan preciosa que resulta doloroso desperdiciarla combatiendo eternamente algo que no puede vencerse mientras siga siendo alimentado.
Fue una de las lecciones más importantes de mi vida.
Cómo la aromaterapia me ayudó a transformar el miedo
Quizás por eso me enamoré profundamente de la aromaterapia.
La abracé como quien regresa a casa.
Encontré ligereza en los aromas de ciertas esencias. La Angélica, el Incienso, la Mirra y, especialmente, los abetos, se convirtieron en compañeros de camino.
Recuerdo que, durante algunos de mis momentos más difíciles, cuando mis propios demonios parecían perseguirme, el aroma del Abeto Douglas me transportaba a un bosque imaginario donde la fuerza de aquellos árboles cerraba el paso a todo aquello que intentaba alcanzarme.
No era una huida.
Era una forma distinta de relacionarme con mis emociones.
El miedo no se vence, se comprende
Con el tiempo comprendí que el miedo no es una energía que desaparece cuando corremos más rápido.
Tampoco desaparece cuando intentamos aplastarla.
El miedo se transforma cuando somos capaces de escucharlo sin permitir que tome el control.
Cuando dejamos de alimentarlo.
Cuando comprendemos qué intenta enseñarnos.
Fue entonces cuando comencé a dirigir mi energía hacia mis proyectos, mis estudios y mis creaciones.
Seguí el aroma de mis esencias.
Encontré fuerza en el Cedro.
Descubrí calma en la Lavanda.
Preparé una crema con Argán y Cistus para cuidar antiguas cicatrices de mi piel y, simbólicamente, también de mi alma.
Y continué mi camino: consultando, creando, formulando y descubriendo los infinitos universos que habitan tanto en las plantas como en el espíritu humano.
Vivir con miedo, pero sin ser gobernado por él
Así transcurren hoy mis días.
No están libres de miedo.
La diferencia es que ahora esa misma energía está orientada hacia algo distinto.
Hacia la construcción.
Hacia la creación.
Hacia los proyectos que deseo materializar.
A veces me pregunto si algún día mis palabras llegarán a más personas. Si esta alquimia que comparto será leída, escuchada o comprendida por quienes también buscan transformar su vida.
Quizás el Arcángel de Fuego no desapareció.
Quizás simplemente se transformó en una mariposa alquímica.
Lo único que realmente importa
Al final, creo que todo se reduce a una pregunta muy sencilla:
¿Estamos viviendo plenamente o simplemente sobreviviendo?
Porque más allá de los miedos, las dudas y las incertidumbres, lo único que verdaderamente importa es que esta vida tenga sabor a vida.
¿No lo creen?

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